La Habana: donde conviven el pasado y el presente

Sensaciones acerca de La Habana en la que sólo estuvimos algunas horas en la primera parte del viaje: edificios del siglo XIX que fueron parte del glamour de la década del 50 y hoy se caen a pedazos, música por todas partes, cubanos alegres, autos que se resisten a pasar de moda y una Revolución que sigue a flor de piel.

¿Cómo empezamos a gestar el viaje a Cuba? De la manera menos pensada: arriba de un colectivo yendo del trabajo a casa. Una promoción con letras rojas y media hora para comprar sabiendo que si tardábamos más de la cuenta nos quedaríamos sin oferta. Menos de 500 dólares pasaje a La Habana ida y vuelta sonaba tentador. Habíamos pensado en unos días en Brasil pero por poca diferencia teníamos la llave para Cuba. Tengo que confesar que fueron minutos de ansiedad, esos donde hacés click en “Comprar”, el tiempo se congela y tarda en llegar la confirmación de compra.

Después de meses de espera ya estábamos en medio del viaje. Una escala en Ciudad de México y algo cansados –migraciones en México tiene tres controles- llegamos al aeropuerto José Martí de La Habana. Antiguo y pintado de rojo nos recibió el hall del aeropuerto sorprendentemente con pocas personas. Las mismas filas de siempre con prioridad para diplomáticos y a armarse de paciencia ya que los cubanos se toman todo el tiempo del mundo.

Fuera del aeropuerto el primer regateo del viaje: el taxi hasta la Casa de Leticia. Ya tenía preparado el billete de 20euros en el bolsillo –el precio del trayecto era de 30euros-. Luego de una ardua negociación de tres minutos el taxista accedió a llevarnos al barrio El Vedado por 20euros. Ubicado a 10kilómetros del aeropuerto El Vedado es una zona residencial rodeada de vegetación y edificios imponentes como el Hotel Nacional y el Habana Libre que evocan el lujo que hubo tiempo atrás.

Desde arriba del taxi tuvimos un panorama de lo que nos esperaría: largas calles con mucha gente, edificios monumentales a punto de venirse abajo, chicos jugando al fútbol en la calle y casas con las puertas abiertas como invitando a pasar. Antes de que le preguntemos el taxista nos empezó a hablar del bloqueo económico de EEUU, de la proeza del Granma y de la excelencia de la educación y la salud en la mayor de las Antillas. Con los días vimos como la televisión cubana erige minuto a minuto las figuras de José Martí y Fidel Castro –en ese órden-. Terminada la interesante charla llegamos a la Casa de Leticia –una de las tantas casas de familia que alquilan habitaciones a turistas por las que tienen que pagar un canon al Estado-.

Leticia como si fuese nuestra madre nos sentó en una mesa de unos de los patios de su hermosa casa y nos empezó a dar consejos. “Hay cubanos muy simpáticos que tienen mucha educación, hablan hasta cinco idiomas y manejan varios temas de cultura general. Inclusive pueden adaptar perfectamente su tema de conversación al de ustedes. Cuidado chicos, estos cubanos los están por engañar para sacarles algo de dinero”.

Casi automáticamente y después de haber visto nuestras caras nos dijo que Cuba es un país extremadamente seguro. “Aquí la policía no usa armas”, dijo orgullosa. Y agregó con tono firme: “Hay crímenes que acá no llegan”.

Con algunas recomendaciones encima y un calor soportable fuimos a deambular por el barrio. Personas jugando al dominó en la calle, mecánicos de autos por todos lados –dicen que los cubanos son los mejores en esto debido a su gran adaptación por la falta de insumos-, tiendas de racionamiento destruidas donde a cada cubano el gobierno le entrega productos de la canasta básica como arroz, aceite y algo de carne, y en cada esquina música y viejos tomando ron y fumando habanos –la típica imagen que nos representa de Cuba-.

Autos Clásicos de La Habana

La Habana y su gente

A todo esto hay que sumarle que en Cuba casi no hay Internet y lo poco que hay es en lugares públicos y es encima es caro. Una tarjeta prepaga sale el equivalente a un euro la hora. Así que salvo en algunas plazas donde se agolpan para conectarse en las calles no hay zombies con celulares. Digno de un experimento sociológico, es impresionante ver como escuchan música en las veredas, juegan al fútbol o charlan con los vecinos en una época que parece la era pre internet.

Vecinos de La Habana

Se viene el primer consejo gastronómico aunque no tan auténtico como nos hubiese gustado. ¿Cómo es eso? En lugar de ir a alguno de los paladares –una especie de casa convertida en un sencillo restaurante donde sirve no más de 5 platos- fuimos aconsejados por Leticia para ir a “El Biky” -Calle Infanta, esq. Avenida San Lázaro-, un restaurante ubicado en una esquina y pensado para turistas: amplio salón bien decorado con clichés que remiten a la Revolución por todos lados y una carta con comida cubana e internacional. Recomendamos fervientemente la ropa vieja: arroz blanco, frijoles negros y carne desmechada. En síntesis, se come delicioso y hay aire acondicionado pero no pasa de eso. Si van a buscar una experiencia más allá de lo gastronómico no les va a resultar interesante.

Aplomados por el delicioso almuerzo y animados a caminar pusimos como objetivo tomar un mojito en el gran Hotel Nacional y contemplar el malecón.

Rumbo al hotel nos cruzamos con una simpática cubana que nos dijo: “argentinos?” Sí, contestamos y empezó a desplegar toda su verborragia. Resulta que esta simpática cubana nos fue desviando del objetivo y terminamos “disfrutando” de un mojito de nafta en el paladar “Santa Bárbara” –nos dio su tarjeta y nos acompañó hasta allí- donde supuestamente el mojito era más rico y barato que en el Hotel Nacional. Leticia nos había advertido y caímos como pajaritos.

La Habana. Paladar Santa Barbara

Atrás dejamos el mal trago y fuimos hasta el Hotel Nacional (1930), tremendo edificio blanco de ocho pisos, jardines, salones y restaurantes donde centenares de personalidades como Winston Churchill, Frank Sinatra, Ava Gardner, Johnny Weismuller, María Félix, Jorge Negrete, Marlon Brandon, Robert Redford, Michael Keaton, Danny Glober, Robert de Niro, Steven Spielberg, Oliver Stone, Francis Ford Coppola, Roman Polanski, y hasta el descubridor de la penicilina Alexander Flemming y muchos otros dejaron su huella.

Cuenta la historia que en diciembre de 1946 más de 500 mafiosos se reunieron en el hotel que cerró sus puertas para hospedar a los más renombrados jefes de las familias mafiosas de los Estados Unidos. Charles Lucky Luciano, Santos Traficante (padre),  Meyer Lansky y Amadeo Barletta fueron algunos de los capo mafia que arreglaron con Batista los futuros negocios de los casinos de juego.

Por su historia, por dónde está ubicado y por su arquitectura es inevitable no darse una vuelta por este emblemático hotel. Era de noche y teníamos que preparar las cosas para partir a Cayo Largo al otro día temprano. Fueron horas intensas que nos dejaron con muchas ganas, llenos de preguntas y con la certeza de que después de la playa volveríamos a La Habana a tomar un mojito en el Hotel Nacional.

 

Transportate al paraíso leyendo nuestro post sobre Cayo Largo!

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *