Perú nunca se termina de conocer: Parte II: Qué hacer en Arequipa en un día

Dejamos atrás el desierto, tras doce horas de viaje, y fuimos hasta Arequipa: tierra de volcanes.

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La llegada a Arequipa empezó accidentada: Ale dejó la puerta del baño del micro abierta, y entre tantas curvas y a la velocidad que iba el micro, salió eyectada y casi aplasta a una azafata. El mensaje: recuerden siempre poner la traba en la puerta del baño. Superado el momento de tensión llegamos a la Ciudad Blanca que nos recibió con mucho calor. 
 
Ya instalados en el Hostal El patio de Elisa, altamente recomendable por la calidez con la que nos recibieron y sus instalaciones en donde se destacan las habitaciones hechas con piedra de sillar, la misma que se observa por los lugares emblemáticos de la ciudad y que le dan el apodo. El desayuno, algo vital y que nos hace balancear decisiones al momento de contratar el alojamiento fue algo escaso.
 
Una vez acomodados y rehidratados gracias al té de coca, cortesía del hostal, decidimos ir a recorrer la ciudad con la carga de tratar de hacer funcionar la cámara de fotos, víctima del desierto peruano y nuestra necedad. Como de costumbre fuimos a la Plaza de Armas de la ciudad, hermosa por donde se la mire a averiguar por los buses turísticos. Una vez alguien nos dijo que esperemos diez minutos antes de que salga el bus para negociar la tarifa del paseo. Eso hicimos y dio resultado: 2×1. A Alejandra le da algo de vergüenza esto del regateo así que puse mi mejor cara de póker y listo.
 
La perla del paseo y luego de recorrer el casco histórico fue a dos kilómetros de la ciudad en el mirador de Yanahuara, construído en el siglo XIX, desde donde se  pueden ver los tres volcanes de la ciudad. Las calles empedradas y las casas antiguas hechas con sillar visten el barrio tradicional que alberga al mirador. Un dato curioso: cerca de la plaza que está frente al mirador venden el queso helado más rico de Arequipa, si van pregunten por Dalmacia.
 
 
Después de visitar Incalpaca, una fábrica y gran tienda de manufacturas de hilados de distintos camélidos donde hay vicuñas, guanacos, alpacas y llamas No miren a la llama a los ojos porque escupe nos dijeron, tenían razón. ¿Por qué siempre el sweater que me gusta es el más caro? No nos daba el presupuesto para el sweater de 250 dólares.
 

El siguiente punto del recorrido fue el Mirador de Sachaca. Desde aquí se observa toda la ciudad, junto a los tres volcanes y una extraordinaria campiña, espléndido y bello paisaje de Tiabaya.

Ya era hora de comer, nos llevaron a un restaurant pero antes de bajar del bus preguntamos con sutileza si la comida es muy picante. No sea cosa que quedemos como unos blanditos. Pedimos choclo con queso donde cada grano de choclo eran del tamaño de una aceituna (¿exageramos?, vean las fotos) y como plato principal rocoto relleno que es un picante relleno con carne picada, huevo duro, aceitunas. Mi rocoto no lo pude terminar, picaba muchísimo. Y si a eso le sumamos una gaseosa no muy fría…

 
El tour termina en la casa del fundador, si quieren entrar a conocer hay que pagar un monto adicional, nosotros nos quedamos tomando solcito y disfrutando del paisaje.
 
Arequipa. Casa del Fundador

Por la tarde volvimos al hostal a descansar y cargar energías para dar un paseo por el centro histórico de la ciudad donde hay monasterios, casonas e iglesias a cada paso. Le preguntamos a un policía donde quedaba la casa natal ahora devenida en museo del escritor peruano Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010. Caminamos varias cuadras bajo un sol que rajaba la tierra con tanta mala suerte que estaba en refacción. Otra vez será. Al igual que la visita al Cañón del Colca y sus miradores de cóndores que por falta de tiempo no pudimos conocer. Siempre hay una buena excusa para volver a Arequipa.

Dónde comer en Arequipa? Zig Zag!

¿Si les digo que en un restaurante de Arequipa hay una escalera caracol diseñada por Gustave Eiffel me creen? Claro que sí, está en el medio de Zigzag, un restaurante delicadamente ambientado que cuenta con una escalera de fierro diseñada por el tipo que diseñó la torre que es el símbolo de Francia e ícono arquitectónico a nivel mundial. Ahora sí, hablemos de comida, nos recibieron con un pisco sour delicioso para después sentarnos a disfrutar de la Trilogía de carnes: pato, vaca y alpaca junto a unos papines andinos exquisitos.
 
 
Salimos obnubilados del restaurante, caía la noche en la ciudad Blanca con sus edificios emblemáticos iluminados y su Plaza de Armas que invitaba a dar siempre una vuelta más, y ya pensábamos en nuestro próximo destino: Cusco.

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