Cómo cumplimos el sueño de hacer un safari en África

Dicen que soñar no cuesta nada. Uno de nuestros sueños era irnos de safari al mejor estilo Discovery Channel o Natgeo y sentirnos David Attenborough por un rato, pero cuando vimos los precios de los famosos lodge hiper luxury de Tanzania y Kenia se nos derrumbaron las ilusiones como a quien se le cae un castillo de naipes. ¡Por suerte no nos dimos por vencidos, investigamos, le pusimos toda la garra y cumplimos nuestro sueño en Sudáfrica! Les contamos cuáles son las opciones para hacer un safari inolvidable y no solo para alemanes adinerados.

Safari en Ndzuti Safari Lodge
Safari en Ndzuti Safari Lodge

Safaris en una reserva del Gran Kruger

Queríamos que el viaje a Sudáfrica tuviera su cuota de relax combinado con aventura, cultura y aprendizaje.

Descubrimos el Ndzuti Safari Lodge, un complejo de chalets y luxury tents administrado por Judy y Bruce, un matrimonio con 20 años de experiencia en safaris. En su adolescencia fueron rangers, tuvieron hostels en donde organizaban safaris a pie para mochileros y hace unos años abrieron el Ndzuti en la reserva Maseke Game Reserve.

Judy Meeser, dueña del Ndzuti Safari Lodge
Judy Meeser, dueña del Ndzuti Safari Lodge

La intención de Bruce y Judy fue abrir un lodge familiar, que sea accesible para todo tipo de turistas. Querían un lugar en donde los huéspedes puedan relajarse, y si bien tiene detalles de categoría no es un hotel de lujo en donde hay que vestirse de gala para ir a cenar. “Lo importante es que estén cómodos, coman bien, se refresquen en la pileta y disfruten de los dos safaris diarios, cada uno de tres horas”, dice Judy.

Miren el video para saber más sobre el Ndzuti Safari Lodge

El día empieza bien temprano: las 5.45 suenan los tambores para avisar que en 15 minutos sale el primer safari del día. Antes de subirse al jeep hay café, té y tostadas para hacerse un desayuno liviano. Un detalle que suma mucho para arrancar el día: hay café molido para preparar con prensa francesa, algo que en muchos hoteles 5 estrellas no se ve. A la vuelta hay un desayuno más potente con huevos, quesos, carne, salchichas y frutas.

“¿Están listos?”, pregunta Kyle, un ranger de poco más de veinte años, rubión con cara de nene, y alto como un jugador de basket. Mientras Kyle lleva los termos con agua caliente al jeep tomamos el último sorbo de café y nos levantamos de la mesa como resortes. La mañana es algo fresca y es importante llevar un abrigo para las primeras horas de safari. Ya en marcha se abre el portón del Ndzuti y salimos en dos jeeps, en uno va J.C y en el otro Kyle, el viento pega en la cara y agradecemos haber agarrado un buzo para frenar el viento en el pecho. Empezamos a ver impalas, antílopes africanos de tamaño medio, color marrón claro y en su pecho y barbilla color blanco. “Los machos tienen cuernos que pueden a medir casi un metro”, dice Kyle mientras señala el paisaje. Hay miles de estos animales y son los que más vamos a ver en la sabana.

Impalas Ndzuti Safari Lodge
Impalas

Al estar a fines de octubre, la estación seca nos priva de vegetación y todo lo que en unos meses será verde y abundante, es marrón y seco. Paramos en un lago donde hay cuatro impalas tomando agua, claro que no lo hacen al mismo tiempo, mientras dos toman dos miran, no sea cosa que un leopardo los tome de improvisto. Así se cuidan estos bichos. Simplemente parar y contemplar la naturaleza es un regalo y una vía de escape de lo que ofrecen ciudades rodeadas de cemento, es sorprenderse por ver un gato salvaje, un árbol con forma rara o apreciar el andar de un elefante.

Maseke Game Reserve, Sudáfrica
Maseke Game Reserve, Sudáfrica

Es tiempo de tomar algo en medio del safari, Kyle estaciona el jeep en un lugar seguro y sobre el capot pone latas de acero inoxidable con galletitas, café instantáneo y té. Dos termos con agua caliente completan la improvisada mesa. Cuando uno baja de un jeep en medio de un lugar territorio de elefantes, leones y leopardos, por nombrar a los más emblemáticos, uno pregunta por la seguridad y qué hacer en caso de que se aparezca algunas de estas moles de cientos de kilos.

Kyle nos cuenta que uno de sus amigos hacía una rutina diaria de 15k en bicicleta por la reserva hasta que un día sintió un tirón en la rueda de atrás. “Era un leopardo”, dice y sigue: “Obviamente, la bicicleta quedó destrozada y mi amigo…”. Kyle hace una pausa de un segundo que es eterna para la historia y más estando en territorio de grandes felinos. “Mi amigo se salvó porque se quedó quieto y empezó a gritar. Los leopardos estudian las rutinas de los humanos, es decir, si todos los días hacés el mismo recorrido a las 9 de la mañana ellos lo saben”. Así que estén atentos, si algún día -ojalá que no- se cruzan con un leopardo no salgan corriendo porque los felinos por instinto te van a ir a buscar y es probable que no la cuentes. Poné cara de póker y si todavía tenés aliento gritá con todas tus fuerzas. A esa altura con Ale ya habíamos medido el alto del jeep para meter un salto con garrocha.

Huellas de leones, Ndzuti Safari Lodge
Huellas de leones

Ya sin el frescor de la mañana, en medio del camino nos enseñan la diferencia entre las huellas de león, perro salvaje, hiena y leopardo, machos y hembras. Vemos algunas de estas huellas hasta que el atérmico Lloyd, el chico que acompaña a Kyle, no importa la temperatura, siempre está de camisa de manga corta, va en un asiento que sobresale de la parte de adelante del jeep y le avisa a Kyle que se detenga. “Gala, gala, gala”, dice Kyle señalando a la tierra rojiza y haciendo alusión a huellas de una leona adulta. Baja del jeep, inspecciona la huella y dice que es de la noche anterior, camina unos metros, mira y vuelve al Land Rover.

Loyd, ranger del Ndzuti
Loyd, ranger del Ndzuti

Impalas, elefantes, jirafas, Tockus leucomelas, un pájaro africano con el pico amarillo como el del tucán, pero con pelaje blanco y negro, kudu, un antílope grande con cuernos en forma de “V” espiralada, son algunos de los animales que vimos por la mañana. Los felinos grandes no se dejan ver fácil. Son las 9 de la mañana y casi al volver al Ndzuti nos cruzamos con algunos babuinos, unos monos enormes que, aunque parezca increíble los leones les tienen miedo por los colmillos que tienen. Al costado del camino un termitero tiene el tamaño de un monoambiente.   

Jabalíes Ndzuti Safari Lodge
Jabalíes
Jirafa Ndzuti Safari Lodge
Jirafa
Pájaro africano
Pájaro africano

Algo que nos llamó la atención fue una manada de perros salvajes, eran catorce y en Sudáfrica quedan unos cientos. En ese momento Kyle llamó a J.C. y a otros rangers por radio, usan mucho la radio, y les avisó del acontecimiento. A los diez minutos había tres jeeps junto a la manada y un silencio absoluto.

Perros salvajes Ndzuti Safari Lodge
Perros salvajes

Ya de regreso al Ndzuti, llegamos al desayuno power y después hay tiempo para dormir una siesta o tomar unas cervezas o sidras en la pileta y relajarse con vistas al estanque de agua en donde se ven desfilar elefantes, jirafas, monos, cebras y leones, más a fines de octubre donde no abunda el agua y los animales se acercan más al bebedero. Es impresionante ver llegar a los elefantes y que los impala, monos o cebras salgan despavoridos. “El león es el rey, pero el elefante es el jefe”, dice J.C, ranger de unos sesenta y pico, barbudo y obsesionado con divisar grandes felinos durante los safaris. Ver a los rangers con camisa y bermuda verde militar, y borcegos todo terreno es una buena señal de lo preparados que están. No es solo fachada, eso seguro.

Suenan los tambores por segunda vez en el día, son las tres en punto y está listo el banquete. Judy nos cuenta que por lo general los huéspedes que llegan desde Johannesburgo lo hacen entre las 13 y las 14hs, por lo cual decidieron que haya un desayuno fuerte y que el almuerzo sea un poco más tarde de lo común. Una mesa larga con un mantel blanco y el saludo del personal que se encargó de la comida invitan a relajarse y disfrutar de carne de impala, pastel de papas o soufle de verduras. La mesa parece una reunión sudamericana, una pareja de brasileros recién casados y un matrimonio de chilenos nos hacen sentir idiomáticamente cerca de casa. Hablamos de nuestras primeras impresiones sobre Sudáfrica, algo de política sudamericana y viajes. Todos en algún punto coincidimos, nos gusta la aventura y nos apasiona viajar.

A las 4 de la tarde sale el último safari del día. A mitad del recorrido Kyle maneja como si se tratara de un videojuego, volantea con mucha calidad y nos lleva hasta una colina desde donde vemos el río Olifants, un afluente del río Limpopo. Allí estiramos las piernas, disfrutamos del vino blanco sudafricano y la flasheamos con uno de los mejores atardeceres de nuestras vidas. Como si se trataran de hormigas vemos a lo lejos cinco elefantes a orillas del río.

Antes habíamos visto cocodrilos, hipopótamos, buitres y docenas de pájaros, uno más raro que el otro. Además, de ver a un elefante llevarse puesto un árbol para comer sus raíces. De noche el ranger conecta una linterna al jeep y empieza a iluminar árboles y parte del camino, si algo brilla en la oscuridad pueden ser los ojos de algún animal. Seguimos sin ver leones y Kyle se mete por todos lados, hace lo imposible, pero parece que no es el día. Con algo de mala suerte y un poco de viento, mi gorra de los Yankees se vuela en un segundo y no da para parar el jeep en medio de la noche con tantos animalitos sueltos porque a un salame se le ocurrió ponerse gorra de noche.

Últimos minutos antes de perder la gorra

Son las siete de la noche y en lo único que pensamos es en una ducha y en la cena. En la comida, tan impresionante como el almuerzo, probamos el vino emblema de Sudáfrica, el Pinotage, un cruce entre Pinot noir y Cinsaut, un vino frutado. Claro que tuvimos que dejar la copa de vino en la mesa e interrumpir la charla sobre los cazadores furtivos porque se acercaron tres leones al bebedero y tuvimos que agarrar los binoculares para ver en detalle la elegancia del andar de estos felinos. Con la imagen imborrable de estos animales y después de liquidar la botella de Pinotage apoyamos la cabeza en la almohada deseando que suenen los tambores de las 5.45 de la mañana.

Las tarifas del Ndzuti hasta diciembre de 2019 son las siguientes: (no incluyen bebidas ni la propina de los rangers)

  • Luxury Safari Tents: ZAR 3750 por persona por día
  • Habitación en chalet: ZAR 3575 por día la habitación para tres personas
  • Chalet entero: ZAR 14000 por día.

Pueden chequear la disponibilidad y reservar desde este link.

Hacer safaris en el Parque Kruger sin alquilar un auto

Siempre pateamos la opción de alquilar un auto durante los viajes y Sudáfrica no iba a ser la excepción. La verdad es que no queríamos manejar, aunque estábamos ante la presión de no poder ir al Parque Kruger porque nos habían dicho que era imposible ir en taxi.

La verdad es que nos atormentaba pensar que manejaríamos del lado de la derecha del auto y a la izquierda del tránsito, aunque no por eso nos íbamos a privar de conocer el Parque Nacional Kruger. Y si bien hay muchas empresas que te organizan safaris en el día, el precio es bastante elevado para nuestro presupuesto.

Queríamos una opción de tour económico, sin tener que manejar y quedarnos a dormir en el parque. Les confesamos que nos costó muchísimo organizar esta parte del viaje por los condicionamientos que teníamos, y lo peor era que los condicionamientos los habíamos puesto nosotros.

Antes de ir al Kruger, estuvimos unos días en Hoedspruit en el Ndzuti Safari Logde. Desde Hoedspruit, la puerta más cercana al Kruger es Orpen, y Satara era la mejor y más cercana opción de alojamiento. Un vuelo de Hoedspruit a Skukuza hubiera sido otra alternativa, pero los precios de los vuelos se iban al demonio.

Después de meses de planificar decidimos que lo íbamos a decidir en el momento, que la suerte y el destino hagan su trabajo. Nos arriesgamos mucho, lo sabemos. Desde Buenos Aires reservamos con anticipación una noche en un bungalow del Satara Rest Camp y reservamos por teléfono un auto en Avis desde el aeropuerto de Hoedspruit en caso que quizás, llegado el momento, se nos vaya el miedo a manejar al revés que en casa.

Llega el día de ir al parque y nos viene a buscar un taxi para ir desde Ndzuti hasta el aeropuerto de Hoedspruit donde íbamos a retirar el auto alquilado. El taxista nos pregunta a dónde íbamos y le contamos que necesitábamos ir a buscar un auto y de ahí íbamos manejando con mucho miedo hasta el Kruger. Nos responde que lo que queríamos hacer era una locura y lo mejor era que él nos lleve hasta el Kruger, nos deje en Satara y que una vez allí reservemos los safaris que organiza el Kruger.

Tumi, nuestra salvación y chofer, tiene 27 años y corrió muchos años los 100 metros representando a Sudáfrica. Gracias a las competiciones aprendió y reforzó nueve dialectos sudafricanos, tienen uno por cada provincia. Tumi además de hablar inglés habla tsonga, su lengua materna y zulú, su lengua paterna, y los otros siete dialectos, claro.

Camino a Satara nos cuenta que trabajó muchos años en una reserva privada cuidando a los animales de los cazadores furtivos que de Mozambique cruzan a Sudáfrica en busca de cuernos de rinocerontes, que “luego les venden a los chinos para hacer una medicina especial”, explica.

Ir en taxi hasta el campamento era una opción hasta que “caímos” en la página del Kruger, donde dice que los taxis están prohibidos, por lo que quedó descartado.

Sabíamos que los safaris del Kruger tienen que reservarse con anticipación porque salen muy pocas camionetas por día, pero nos daba mucho miedo alquilar un auto e ir solos. Debatimos un poco y le dijimos que sí, y también arreglamos para que Tumi nos vaya a buscar al otro día en la recepción del Satara.

Cuando reservamos el auto por teléfono no nos habían pedido el número de la tarjeta de crédito así que no tuvimos que pagar ninguna penalidad. Hasta ahora todo venía saliendo de maravillas.

Llegamos a Satara y fuimos literalmente al trote a reservar todos los safaris posibles. Conseguimos lugar para el de la tarde y el de la noche, pero los safaris de la mañana del día siguiente estaban agotados. Le rogamos a la señora del mostrador que nos ayude, que estábamos solo por una noche y que no teníamos auto. Le insistimos tanto que nos dijo que iba a ver si podía hablar con el guía, pero que, si no hay lugar, no hay lugar.

Con mucha bronca fuimos a dejar las cosas a la habitación, una especie de bungalow algo vintage con techo de paja en forma de cono, dos camas individuales con colchones algo finos, mosquiteros por todos lados, un pequeño baño y una heladera fuera de la habitación.

Bungalow en Satara Rest Camp

Después de desayunar nos dedicamos a pasar por la recepción tantas veces que perdimos la cuenta. En un momento Ale pasaba solo para saludarla y hacerle señas solo para que no se olvide de nosotros. Cerca hay una pizzería, un restaurante con tres o cuatro platos y un supermercado que también hace de tienda de regalos. Allí compramos algunas cervezas Zwakala y algo de fiambre para la noche.

En el safari de la tarde, nuestro ranger y guía, un hombre calvo de unos 40 años, vestido de manera impecable, algo más acartonado que los de Ndzuti, con sombrero y escopeta, en un momento nos hizo bajar del jeep. Al bajar nos dijo que no nos despeguemos de él, la breve caminata que duró menos de diez minutos se interrumpió con el rugido de un león que se escuchó algo lejos, pero lo suficientemente fuerte como para volver al jeep. El ranger y su escopeta nos dieron seguridad.

Lo más picante llegó unas horas después. Con linternas en mano para tratar de divisar animales en la oscuridad, íbamos por un camino bastante angosto, y de repente pasamos muy cerca de un elefante al que iluminamos en la enorme cara y zafamos de llevarlo puesto con el Land Rover. Interesante es que después de esquivarlo había otro elefante que bloqueaba el paso. Allí fue cuando el ranger pidió silencio y que tratemos de no molestar a la mole con la luz de la linterna. En ese momento apagó las luces delanteras del vehículo y después de unos minutos empezó a gritar y a avanzar lentamente, algo que enojó al elefante que movió su cabeza bruscamente. Finalmente, pudimos pasar después de 15 minutos cargados de adrenalina y de quedar entre medio de dos elefantes. A la vuelta del safari nos quedamos viendo algunos carteles donde los rangers anotan los avistamientos: 6 leones, 4 leopardos, elefantes, jirafas, etc. También hay mapas donde con fotos muestran la ubicación de los distintos animales.

¿Quieren ver el video?

Termina el safari de la tarde e inmediatamente empieza el de la noche. Antes de cada excursión pasan lista como en el colegio. De repente, la guía dice “FOTI ALEJANDRA”, Ale levanta la mano y la señora, una negra grandota, dice: “Acá tengo anotado que mañana, después del safari de la mañana, pasen a abonar”. ¡La alegría que teníamos era inmensa, nos habían dado dos lugares! Ahora hay tiempo para una birra bien fría y unos sanguches improvisados. Tuvimos suerte de que ningún babuino –mono enorme- abrió la heladera para sacar la comida. Después nos cayó la ficha de que le tendríamos que haber puesto un candado a la heladera, otra vez tuvimos suerte. ¡Era nuestro día!

Consejo: Reserven todo con anticipación. Nosotros tuvimos suerte, pero no le aconsejamos a nadie que vaya “probar suerte”.

A la mañana siguiente, 4am para ser exactos con ardor en los ojos, atravesamos el parque que separaba nuestra morada, unos 400 metros del lugar donde salían los jeeps con el logo de Parques Nacionales de Sudáfrica, los cuernos verdes del kúdu sobre un fondo blanco, el mismo logo que hay en el envase del jabón de hotel que te dan en el bungalow.

Paso tras paso nada importaba ya que teníamos una linterna con luces led comprada en una ferretería del conurbano bonaerense. Aunque con el correr de los metros nos dimos cuenta que iluminaba poco, tan poco que si se nos hubiese cruzado cualquier bicho nos hubiésemos hecho caca encima. Tanto que, durante la travesía, todavía de noche, hasta que empezó a amanecer, la guardamos a modo de no dejar mal parada a Argentina en materia de linternas led. Menos mal, un francés sacó una linterna que parecía de la NASA.

Hicimos los primeros kilómetros y dos enormes jirafas se perdían con el rojo del cielo que empezaba a aclarar, a los 500 metros un grupo de hienas se pusieron a la par del jeep, tanto que las podíamos oler y escuchar, a eso le siguieron elefantes, pájaros que jamás habíamos visto en nuestras vidas, antílopes de distintos tamaños. Recomendamos ir a Satara ya que la experiencia del safari se potencia por el simple hecho de que la cantidad de animales es miles de veces mayor en comparación a la de una reserva privada, y así todo se multiplica. Claro, que las comodidades ni se asoman a las del Ndzuti.   

Los precios de los safaris en Satara a abril 2019 son:

  • Caminata a la mañana ZAR 600-700
  • Safari de la mañana ZAR 346
  • Caminata a la tarde ZAR 480
  • Safari de la tarde ZAR 346
  • Safari nocturno ZAR 270

Alquilar un auto en el Parque Kruger.

Esta es la opción más económica de todas. Pueden alquilar un auto en el aeropuerto de Johannesburgo y manejar hasta el Parque Kruger e ingresar por cualquiera de sus puertas. Sino, pueden ir en avión hasta el aeropuerto de Skukuza, dentro del parque, y ahí mismo alquilar un auto para empezar a recorrer.

Hay que tener en cuenta que el horario para circular dentro del Kruger es desde las 6am hasta las 5.30pm y que la velocidad máxima es 50kmh.

Dentro del parque se puede acampar o puede reservar con anticipación un bungalow. Es importante que la reserva se haga con tiempo porque se llenan muy rápido.

Los precios de los bungalow rondan los ZAR 1500. Pueden ver las tarifas de los bungalow y campamentos en este link.

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

* Se requiere aceptar la política de privacidad que figura al pie de la página.

*

Acepto