Perú nunca se termina de conocer: Parte I: De Lima a Ica en Bus

Era mi cuarta vez en Perú, ya conocía la ciudad, la selva y la montaña. La madre de mi mejor amigo tiene familia en Lima y en el 2006 empecé con la travesía de los viajes aventureros hospedándome con varios amigos en el barrio de Surco, uno de los 43 distritos de Lima. Ale, mi novia, iba por primera vez. Pasaron varios años y viajes al país andino en el que mezclé Bolivia y Perú, Perú y Ecuador, en fin, siempre Perú marcaba el itinerario. Pensé que iba de acompañante en un viaje que me terminó envolviendo y a Ale encantando. Perú nunca se termina de conocer. Esta es una crónica de un viaje soñado a un hermoso país que siempre sorprende.
 

Paracas, Perú

Llegamos a Lima

 
Después de acomodarnos en la casa de unos amigos que gentilmente nos dieron hogar, en todo sentido, por dos días fuimos a dar una vuelta por Miraflores, pintoresco barrio de la capital. Allí paseamos por Larcomar, un complejo comercial que tiene la ventaja de tener vistas impresionantes del océano Pacífico. Allí picamos papas bravas en “La lucha” una sanguchería que está de moda. Les recomendamos rotundamente el sándwich de pollo a la leña con cerveza local. Desde el mirador de este shopping al aire libre pasamos un buen rato contemplando el océano.
 

 

Con algo en el estómago, que sería bien tratado durante todo el viaje, ya que Perú cuenta con una gastronomía de excelencia tanto en sus platos típicos como en su cocina fusión que mezcla sabores típicos peruanos con ingredientes asiáticos, fuimos hasta “Punto azul”, un restaurante en donde apostamos a la espera (más de una hora) y no nos defraudó. El arroz con frutos de mar y la limonada nos cargaron de energías para seguir camino.
 
Al día siguiente nos levantamos temprano, desayunamos y salimos de nuevo al ruedo. Recorrimos la Plaza de Armas y el casco histórico de Lima, primero a pie y luego en bus turístico. Luego caminamos desde Miraflores hasta Barranco, hermoso barrio bohemio que envuelve con sus calles empedradas, malecones, puentes y restaurantes. Allí hicimos la caminata obligatoria por el Puente de los Suspiros donde la tradición señala que quien por primera vez vea el puente y lo cruza sin respirar se le cumplirá el deseo que pida.
 

 


Despidiéndonos de Lima y prometiendo volver (si uno promete es porque realmente anhela regresar) subimos al micro que nos dejaría en Ica, poco más de 300kms separan a la capital peruana de la ciudad desértica que nos sorprendió en todos los sentidos. Ciudad caótica, algo desordenada, con pocos semáforos, gente por todos lados, algunas casas y edificios todavía rajados o derrumbados por el terremoto del 2007 y lugares naturales de ensueño como la Laguna Huacachina (mujer que llora en quechua). Ica es todo eso: dunas, líneas de Nazca, playas, pisco y reservas naturales. 

 

Bus a Ica: Pisco de pie

 
Decididos en conocer una bodega un taxista nos convenció para llevarnos hasta “El catador”, creadores de vinos y piscos desde 1856. Después de la visita guiada donde nos explicaron la manera artesanal en la que elaboran sus productos nos dieron para probar distintos piscos, vinos y licores. Imposible volver a casa sin un buen pisco. Los peruanos dicen que tienen el mejor pisco del planeta (compiten con los chilenos). Lamentablemente, el mal cálculo del taxista hizo que llegáramos tarde a la laguna. Por suerte era el primer día en Ica y tendríamos revancha para volver a las dunas.
 

Líneas de Nazca 

“Si vienes a Ica tienes que ir a Nazca” dicen los carteles de las docenas de agencias de viajes, algunas improvisadas dentro de locutorios o restaurantes, que bordean la plaza principal de Ica. Averiguamos y lo mejor era tomar un micro que nos dejaba en un mirador metálico de trece metros de altura con una escalera caracol (sólo para valientes) desde donde se aprecian dos de las figuras de las famosas líneas de Nazca (las manos y el árbol). Eso hicimos convencidos que era lo mejor a sabiendas que el día anterior se había caído una avioneta (no somos tan valientes).
 

 Desierto de Paracas e Isla Ballestas

 

 

 

En Dolphin Travel contratamos el tour para ir a la Reserva Nacional Islas Ballestas. Nos embarcamos para ir a Islas Ballestas, el Candelabro, un geoglífico de grandes dimensiones que sirve de faro a los navegantes. Algunas teorías atribuyen su creación a los Nazcas, otra más radical a los extraterrestres. También dicen que puede ser un símbolo masónico. Además, disfrutamos de la fauna de la isla donde se destacan los lobos marinos. Luego recorrimos distintas playas y miradores donde observamos desde acantilados diferentes formaciones rocosas. Hay una curiosa que tiene forma de catedral.

“La tía Pily” fue el restaurante a la orilla del mar elegido para almorzar chicharrón de pescado con la yapa de incluir caracoles, algo que nunca habíamos probado. Además de estar riquísimo el lugar es espectacular, enclavado en el medio de un puerto de pescadores ubicado en Lagunillas. El viaje de vuelta a la ciudad fue duro sobre todo después de tanto reláx, naturaleza y buena comida.

 

Un oasis en el desierto: La Laguna de Huacachina

 
Al otro día nos levantamos con la convicción de no dejarnos llevar por nadie. Fuimos a las dunas (quedan a 5kms de la ciudad) donde nos habían aconsejado no usar la cámara de fotos. Las inmensas montañas de arena son una tentación para cualquiera que desee registrar lo vivido y así pase a la inmortalidad. En fin, usamos la cámara y empezó a fallar al rato de usarla. Fue una mala idea.
 
Contratamos un buggy para un paseo por las dunas que llegó hasta lo más alto, se quedó sin nafta, esperamos un rato, cancelamos lo que quedaba del paseo y bajamos caminando.
  

 

 
Después de caminar por el desierto (Lawrence de Arabia un poroto) llegamos hasta la laguna de la Huacachina (“mujer que llora” en quechua) donde cuenta la leyenda que una princesa que, después de casarse con su amor, éste tuvo que ir a la guerra en donde finalmente murió. La mujer, al enterarse de la noticia se deprimió y fue a llorar la muerte de su esposo al mismo lugar en donde se conocieron. Sus lágrimas fueron las que formaron la laguna. Dicen los lugareños que la princesa se convirtió en sirena y que por las noches todavía puede escucharse su llanto.
 
 
En esta primera parte del viaje pasamos de la ciudad al desierto, de las líneas de Nazca a las Islas Ballestas, de las sangucherías limeñas y los anticuchos en plena calle a los frutos de mar en un puerto de pescadores. Es increíble como en pocos kilómetros el paisaje puede variar tanto. Es como una cachetada de la naturaleza, un abanico infinito. Y eso que todavía faltan Arequipa y Cusco.
 
 
 
 
 

 

 

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